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El Rastro de Madrid

Salgo de mi clase de baile y me doy una vueltita por el Rastro de Madrid. Hoy es festivo y es mucho más tranquilo que el despliegue de puestos que se forma el domingo.

Paseo entre tenderetes espontáneos y pañuelos extendidos a modo de expositores sobre el suelo. Tengo miedo de pisarlos ¡A un euro a un euro a un euro! Baratijas, extrañeces, cosas que nunca compraría: planchas muy usadas de dudoso funcionamiento, jarrones pintados a mano parece que con témperas, polvo, cables sin utilidad aparente, estampitas de sabe solo Dios qué santos…. Y muchas tiendas de antigüedades donde el vendedor suele ser, por regla general pesado y orgulloso de su material. Te impone con mirada territorial que admires su sofá de cuero marrón polvoriento como si fuese una maravilla aunque sea una porquería mal restaurada… yo solo busco un cuenquito para poner flores, no quiero un teléfono antiguo ni un baúl de los recuerdos… ¡yo todavía tengo sueños e ilusiones!

Finalmente encuentro una tiendecita que me sorprende. Es un rincón de Marruecos en una esquina cualquiera de Madrid. Mesillas, mesitas y mesas grandes de madera pintadas a mano, espejos forjados en hierro y algo de cobre muy bellos. Dice que está liquidando…

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