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Viajar a Uzbekistán: un día en Jiva

Jiva  es una ciudad bonita para quien no haya visto ya el resto de ciudades de Uzbekistán, para quien sus ojos no estén acostumbrados a transitar por mausoleos, bazares, avistar cúpulas turquesa y perderse en callejones terrosos salpicados de mosaicos y azulejos. Pero si el ojo viajero ya está entrenado y además ha paseado por otras ciudades de otros mundos en otros desiertos, entonces Jiva sorprenderá lo necesario. Quizá se deba a que las ciudades deslumbran más por su personalidad que por su  cantidad de museos y edificios emblemáticos.

El ambiente es lo que nos cautiva de los lugares que visitamos, a veces es el que construye los tópicos, Berlín es moderna y cosmopolita, Paris es romántica y Londres multicultural. Pero más allá de esas generalizaciones empobrecedoras de la realidad, el viajero siempre se lleva algo que, aunque no sepa expresar con palabras, guarda en su memoria para siempre de un lugar, de un viaje.

Jiva es una de las ciudades con más mezquitas y madrasas por metro cuadrado de Uzbekistán, también es verdad que todos esos lugares están tan desprovistos de vida que es imposible imaginar que no estás dentro de una ciudad museo. La Ichan-Qala, así se llama la ciudad vieja, amurallada, fue  reconstruida por los zares rusos, luego por la Rusia soviética y finalmente por el gobierno uzbeko. Todos ellos se encargaron de alejar a toda la población fuera de las murallas. Paseando por allí formas parte de un decorado ilusorio donde nada parece pertenecer al mundo real si no al de una escenografía preparada y lista para un espectáculo que nunca llega.

Por la noche la ciudad se disfraza de luces de colores que sirven para iluminar los “faros” o minaretes que a su vez, algún día, sirvieron para iluminar a las caravanas en el desierto.

El mejor iluminado es el Minarete de Kalta, por el cual el Khan Mohamed Ami en 1851, quiso competir en altura con el mismo Dios y construir una torre que pudiese ser vista durante todo el camino a través del desierto de Kyzyl  Kum entre Bujara y Jiva (500km). El Khan murió antes de terminarlo, como resultado quedó este principio de alminar inconcluso que mide nada menos que 14 metros de diámetro y unos 26 metros de alto. La verdad es que es una preciosidad y es que en el siglo XIX los khanes eran famosos por su crueldad para con otros pueblos pero poseían buen gusto y su megalomanía les inducía a construir bellezas como ésta.

 

Viajar a Khiva en Uzbekistán. Minarete de Kalta en Jiva.

Minarete de Kalta en Jiva. Uzbekistán

También se despacharon a gusto con el minarete de Islom Hoja. Tengo debilidad por estas construcciones verticales, me fascinan. El Islom Hoja también tiene una madrasa con su mismo nombre pero el faro es impresionante, delicado, sencillo, esbelto parece frágil pero no lo es, mide 57 metros de altura, el más alto de todo Uzbekistán. Yo me conformé con observarlo maravillada con los pies en el suelo  y es que las alturas y las estrecheces (57 metros en escalera de caracol) no van mucho conmigo.

 

Minarete de Islom Hoja en Jiva. Uzbekistán

Minarete de Islom Hoja.

Y si se trata de encontrar la belleza dentro de la Ichan-Qala por muy detractora que sea de su falta de vida, no puedo negar que además de los faros, también tiene una mezquita muy bella de madera: La Mezquita de Juma. Como explicaba antes me cautivó por su personalidad, un oasis dentro del gran museo que es Jiva. Esta mezquita es un entramado de columnas que conforman un patio con un espacio central con plantas donde entra directamente la luz. Las columnas de madera crean un juego de luces y sombras espectacular.

Mezquita de Juma en Jiva. Uzbekistán

Mezquita de Juma.

Y antes de ir a cenar una sopa calentita en un restaurante fuera de la muralla destacaré también por lo sagrado del lugar, el Mausoleo de Pakhlavan de estilo Persa (mosaicos en azulejos azules y blancos dispuestos por todas las paredes).

Mausoleo de Pakhlavan en Jiva. Uzbekistán

Mausoleo de Pakhlavan en Jiva.

La tumba de uno de los Khanes está adornada por una tradicional cúpula turquesa mientras que otro famoso santo de la  ciudad reposa en una habitación contigua. Muchos recién casados acuden a este mausoleo para ser bendecidos por un religioso que oficia su enlace con cánticos  a cambio de propinas que se depositan en un cestito en el suelo. Hay que entrar descalzos y cualquiera puede asistir a la ceremonia. La verdad es que es bonito estar ahí, pero sientes que algo tan místico y sagrado no debería ser a su vez tan “accesible” a los turistas. La voz del religioso impregna toda la cúpula y los mosaicos de las paredes parecen bailar una danza mística mecidos por el eco envolvente del cántico. Puede que sea yo la afortunada, y que no tantos turistas tengan la suerte de acercarse a este rincón del mundo y vibrar con estos cánticos… o quizá sí que se acerquen y no les sorprenda y acaben escribiendo un post indeciso en un blog cualquiera, alabando Jiva por su colección monumental pero pasando por alto estos momentos mágicos que hacen que merezca siempre la pena un viaje.

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