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Viaje a la India: Calcuta

Calcuta o Kolkata, fue nuestra gran experiencia con los niños.

Por la mañana íbamos a trabajar a la casa de la Madre Teresa de Shishu Bhavan. En Sishu Bhavan los residentes son niños recogidos de la calle. Tienen discapacidades psicológicas y físicas muy graves y nosotras nos ocupábamos de estar con ellos, darles de comer, jugar, y en algunos casos intentar hacer algún ejercicio que pudiera beneficiarles. Cada niño tiene un archivador realizado expresamente por los voluntarios que pasan por allí. En estos cuadernos se recogen impresiones de los voluntarios que han estado tiempo allí y conocen bien a los niños, por tanto es un cuaderno de ayuda muy importante para nosotras ya que gracias a ellos podemos enfrentarnos al niño con más conocimiento.

En todas las casas de la Madre Teresa trabajan mujeres Indias que contratan las Hermanas. Viven allí y trabajan por y para los enfermos. Las llamamos las Massis porque algunas tienen nombres impronunciables y ellas nos llaman «andi» que viene a ser algo así como tía «anty». Son geniales y lo que más me impresiona de ellas es su forma de trabajar, son muy frías con los niños y con esto no me refiero a que sean malas o injustas, para nada, simplemente hacen su trabajo sin ningún tipo de lamentación (esto va por mí). Me he pasado el mes entero sufriendo por los niños y a veces tenía que irme a algún rincón a llorar sin embargo ellas son implacables, mecánicas y luchadoras… Me encantan las Massis.

En Shishu, aprendí a estar en sincronía con los niños y a sentir como ellos. Aprendí a sufrir y entendí que el sufrimiento es imprescindible pero hay que saber conducirlo.

Tuve un encontronazo con la impotencia y la angustia con un niño. Eran mis últimos días y yo creía que ya lo tenía casi todo dominado. Entendía a los niños y muchos me reconocían, sabía cogerlos, sentarlos, tranquilizarlos… en fin, me sentía por fin algo útil (me costó).

Pero ese engrandecimiento se evaporó un par de días antes de la fecha fijada para nuestra marcha. Estaba intentando dar de comer a Bijoy, uno de los niños más enfermitos de Shishu. Bijoy, además de una parálisis aguda tenía un tic, o bueno, no sé cómo se llamará clinicamente pero tenía una reacción involuntaria que solo le daba a veces en la que se quedaba tieso como una estaca y había que calmarlo por medio de masajes, caricias y mucha atención para que volviera a su estado natural. Ese día, le estaba dando de comer y Bijoy tuvo esa reacción. No fui capaz de ninguna manera de reanimarle. Intenté mantener la calma, relajarme para poder transmitirle serenidad, pero no hubo manera, todo fue inútil. Vino una chica también voluntaria a ayudarme y ella consiguió reanimarle. Le empezó a dar de comer y me lo dejó a mi, lo puso en mis brazos y se quedó conmigo mientras yo le alimentaba. Yo ya estaba tranquila, solo había necesitado que alguien me ayudara. Todos necesitamos ayuda, no nos podemos creer nunca más que nada ni que nadie. Cuando terminé no pude más y me tuve que ir, me sentía muy mal, tenía y tengo la idea de que ese esfuerzo que yo hacía cada día, lo hacían millones de personas continuamente y no podía yo, permitirme el lujo de creer que «todo estaba controlado». Luego la sensación se fue tornando buena. Es maravilloso ver a tanta gente unida por ayudar a otros.

Por la tarde, en la misma casa de Shishu Bhavan, cruzábamos el patio y nos trasladábamos al orfanato. Aquí solo íbamos a jugar, estábamos tres horitas jugando con niños preciosos y sanos que corrían a nuestros brazos en cuanto nos veían. Totalmente analgésico, te curaba de todo dolor que podías haber sentido por la mañana. Cada cierto tiempo venían familias a adoptar, me sorprendió que en el tiempo que estuvimos allí todas las familias que vinieron eran españolas. Se me hacía un nudo en la garganta cada vez que se iba algún niño, pero me alegraba por ellos. Lo que más me hacía reflexionar y más impresión me ha causado, es el valor de esas familias para adoptar a un niño que ya ha crecido en India, un país donde cinco años son muchos años…

Esa era nuestra vida en Kolkata aunque también hacíamos otras cosas y algún día fuimos a visitar otras casas de la Madre Teresa. La casa que más me impresionó fue Kaligath. Allí es donde llevan a los enfermos terminales. Las chicas voluntarias estábamos con las mujeres y los chicos con los hombres. Como no me sentía muy preparada para hacer curas o cuidados decidí ponerme a hablar con una mujer (me dijo una amiga japonesa que era una mujer encantadora y que hablaba muy bien inglés). Era una viejita guapisima de 70 anos ¡¡¡con ojos azules!!! tenia una serenidad y una paz interior increíbles, sobre todo teniendo en cuenta en el lugar y situación en la que se encontraba. A su lado habia una mujer de unos 30 años que me miraba todo el rato con una cara serena, mirada profunda,sonrisa…

Fue una experiencia muy intensa. Tienen a los enfermos en camas

en el suelo pero no es una sensación para nada desagradable

sino todo lo contrario, parece que te inspiran ganas de vivir...

El jueves, es el día libre de los voluntarios y aprovechábamos para dar paseos y conocer la ciudad.

Al principio, yo no quitaba la vista del suelo, me costó mucho adaptarme a esa ciudad, sucia, maloliente, fea…pero poco a poco, Calcuta empieza a ser tu ciudad. Ya no te importa que te piten los coches, ya no vas mirando al suelo, levantas la cabeza y ves edificios que no habías visto porque llevábas días con la cabeza baja intentando envitar la realidad ¡Qué absurdo!.

Cuando levantas por fin la cabeza en Calcuta, la gente te está sonriendo, te saludan, ya no te importan las miradas acechantes, ahora miras tú. Ha cambiado tu percepción de las cosas. Algo en tu interior ha cambiado.

India sigue igual con el transcurso de los años, India vive así de esa manera, no intentes cambiarlo, India vive en la calle y muere en la calle, India te mira con ojos curiosos y te acoge con brazos cálidos, pero siempre si tú quieres que te acoja…

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