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Ballenas en Azores

La embarcación va aumentando suavemente la velocidad a medida que avanzamos hacia A Boca das Caldeirinhas, uno de los puntos de inmersión de buceo más fascinantes de la isla de Faial, en las Azores. A 35 metros de profundidad vamos a ver los extraños bosques de coral negro tan característicos de estas islas además de infinidad de peces y especies marinas que tantas veces he señalado en los libros de fotos cuando era niña.

Tengo la certeza de que me esperan mil mundos asombrosos ahí abajo, sin embargo, no puedo quitarme de la cabeza el recuerdo que habita en mi memoria desde ayer por la mañana. Por fin cumplí un sueño que cien mil veces antes ya había recreado.

Debajo de nuestros pies la tierra comienza una escalada en picado de un kilómetro de profundidad por donde bucean todas las especies marinas del mundo. El origen de la vida, toda una lección de biología bajo nuestra embarcación. Pero hoy no las veremos, estamos demasiado cerca de la costa como para que las ballenas se acerquen, corren el riesgo de quedar varadas y condenar su majestuosidad a la inmovilidad eterna.

Hoy veremos frondosos bosques de oscuridad y silencio adornados por variedades infinitas de seres vivos de todas las formas y colores y ese misterio envolvente que  siempre reina en el fondo marino.

Estamos en medio del Océano Atlántico, en la boca de un volcán submarino originado sobre  placas tectónicas que moldean la orografía de estas islas a su antojo. La lava recubre la costa y el fuego esculpe el fondo acuático con humeantes rocas negras y corales atípicos. Morada de marineros ilustres, se dice que Cristóbal Colón conoció aquí el secreto de unas tierras lejanas abastecidas con tesoros infinitos. Innumerables leyendas de barcos hundidos, terremotos y extrañas criaturas marinas. Pero lo más fascinante, su localización geográfica,  puntos invisibles perdidos en la inmensidad del océano provistos de un magnetismo común a las más de 20 especies de ballenas y delfines que acuden aquí cada año mucho antes de que ningún marinero portugués poblara el archipiélago. Durante un tiempo, el viento cargaba olor a grasa y el mar se cubría de un espeso manto fúnebre color rojizo en señal de duelo, era el negocio ballenero, hoy, las islas son ejemplo de preservación y respeto.

Me sumerjo en un ejercicio total de control de mi cuerpo y de equilibrio con el medio. Comienzo a descender, exhalo oxígeno lentamente a través del  regulador y  continúo bajando hasta que soy parte de este nuevo elemento. Nos abrazamos acompasados, el agua me dicta sus normas y  yo me adapto. Mi equipo de buceo es mi arma de supervivencia, el regulador impide que exploten mis pulmones y la botella que llevo a mi espalda comprime el aire que me da la vida.  Estoy  relajada con esta sensación de ingravidez, se me olvida que voy equipada y me imagino que soy una ballena, el más fascinante de los mamíferos.  Respiro a través de mi enorme espiráculo  y expulso vapor de agua en vez de burbujas de nitrógeno.  La botella de oxígeno son mis enormes pulmones  y mi piel está recubierta de una sustancia oleaginosa que controla mi flotabilidad mediante un complicado sistema de enfriamiento y calentamiento interno. Con mi elegante cola de ballena me deslizo sin dificultad a través de bosques de anémonas y castillos de coral. Este mundo es un pintoresco desfile de carnaval eterno. Los habitantes de este universo pasean sensuales mostrando sus coloridas galas de fiesta: colas amarillas, aletas naranjas y lomos jaspeados. El fondo acuático me recuerda a un antiguo desván por donde se cuelan haces de luz tamizada. En este luminoso trastero se almacenan objetos propios de un ilusionista: cerebros, ánforas, jarrones, orejas de elefante, dedos… y entre estas formas misteriosas se cuelan los mejores nadadores del Atlántico, ejércitos de viejas, bancos de barracudas, meros, roncadores, fusileros…

Bucear en Azores

Embarcación buceo en Azores

Ayer me levanté muy temprano con una excitación alegre mezclada con miedo, miedo a una posible tormenta y que la embarcación no saliera, miedo a que las ballenas estuvieran lejos, cansadas de las agotadoras visitas de los turistas perturbadores de su paz ancestral y usurpadores de su espacio y tiempo.  Reinaba una calma absoluta y el barco rompía el mar a su paso formando numerosos pliegues en el agua donde el sol se reflejaba como en un espejo roto. El aire era límpido y había una claridad cegadora. A lo lejos siempre me parecía divisar algo que luego se desvanecía en el acto, de repente la barca aminoró, nos quedamos parados y a lo lejos escuché algo, un sonido de agua a presión, afiné la vista y allí estaba, negro azabache, un montículo brillante acariciado por el vaivén del agua, el sol abrasaba, el montículo desaparecía un poco, volvía a emerger. Escuché otro eco de agua y localicé otro surtidor, otro montículo, otro, y otro, gritos de emoción. Nos encontrábamos rodeados por más de ocho ballenas comunes, flotaban tranquilas a nuestro alrededor, nos circundaban, buceaban por debajo del barco, se movían sensuales solo mostrando una pequeña parte de su cuerpo, emergían seductoras para luego volver a sumergirse en silencio y solo para volver a subir a expulsar vapor de agua.  Me pareció sentir una profunda conexión con la naturaleza impulsada por la sabiduría y serenidad que me transmitían las ballenas. Contemplándolas todo cobraba sentido y me sentí en orden con la tierra, ellas y yo éramos uno. Vuelvo a sentir mi larga cola de ballena y me deslizo sin dificultad a través de bosques de anémonas y castillos de coral…

Ballenas en Azores

Ballena Común entre la isla de Faial y Pico en Azores

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