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Canción dulce de Leila Slimani. Cabaret Voltaire

El otro día cenando con amigos, les conté, así resumiendo, que Canción Dulce, la primera novela traducida al español de Leila Slimani, trata de una niñera aparentemente ejemplar que se convierte en asesina de los niños que cuida. Desde luego, dicho así suena a dramón de la tele después de comer y sin duda es un drama pero voy a intentar esforzarme para que saquemos de nuestra mente cualquier parecido con un bodrio de sobremesa porque la novela es  buena, muy buena. Incómoda, pero buenísima.

El libro comienza con el horror. La escena de una madre descubriendo el lugar del crimen, su casa, y el sonido de un grito fantasmal que traspasa paredes y mundos y que no cesa hasta que llega la ambulancia. Ese es el primer capítulo. El resto de la novela es una retrospectiva que se inicia en el momento en que el matrimonio formado por Myriam y Paul decide contratar una niñera para que se haga cargo de sus dos niños pequeños, Mila y Adam, para así poder proseguir ambos, sin cargo de conciencia, sus exitosas carreras.

 Myriam quiere ser ejemplo de madre a tiempo completo. Se entrega de lleno a la crianza pero se da cuenta de que lo odia, no va con ella. Es muy joven y piensa en la carrera profesional que está dejando volar. Paul acaba de empezar una prometedora trayectoria como productor musical y le va bien, da por hecho que Myriam está contenta con su rol maternal y se sorprende mucho cuando ella le propone proseguir su carrera.

«No había medido el alcance de lo que se avecinaba. Con dos hijos todo se complicaba: hacer la compra, bañarlos, llevarlos al médico, limpiar la casa. El agobio le pasaba factura. Myriam perdía vitalidad. Cada vez odiaba más las salidas al parque infantil. Los días de invierno se le hacían interminables. Las rabietas de Mila le sacaban de quicio, los primeros balbuceos de Adam le dejaban indiferente. Su necesidad de ir a caminar sola iba en aumento. De gritar como una loca en la calle».«Me están  comiendo viva, se decía a veces».

Ambos quieren a sus hijos pero en este momento de sus vidas el trabajo es mucho más importante y un pilar imprescindible para construir el castillo que pretenden llenar de felicidad. Es muy interesante la psicología de estos personajes en torno a la trama de la novela. Su personalidad se rebela fría y ambiciosa pero a la vez, necesitan profundamente ser objeto de cierta admiración social. Se proyectan, en mi opinión, como una crítica feroz a una sociedad brutalmente competitiva y desigual donde las obligaciones en el engranaje de la cadena estructural que permite alcanzar cierto status son mucho más importantes que el factor humano. Sin embargo, hay que tener hijos y claro, hay que quererlos y tenerlos atendidos. ¿Cómo y cuándo? Ah, de eso se ocupan otros.

 

Aquí entra en juego otro tema fuerte de la novela, y es el tema de la desigualdad social y el racismo en la sociedad francesa. Las encargadas de cuidar a los hijos de matrimonios parisinos son mayoritariamente mujeres extranjeras. A mitad de novela, te das cuenta de que Myriam es de origen magrebí, sin embargo, no quiere contratar una niñera que hable en árabe. No quiere hablar en el idioma de sus padres. Luego están el resto de niñeras a las que entrevistan y no contratan porque no hablan bien francés (supuestamente) y finalmente llega Louise: ella es perfecta, es rubia, es francesa y viste elegante. Además de las referencias…

El personaje de Louise no está exento de crítica social. Proviene de la clase más baja de un barrio marginal de París. Representa todo lo contrario al estrato que ocupan Myriam y Paul. Viuda de un marido opresor con una hija incorregible que abandonó el hogar muy temprano. Es la reina de la soledad, de la bajeza que le ha regalado su trabajo y siempre anda acompañada de una tristeza aplacada con cierta neurosis.

El matrimonio se ocupa de parecer cercano con Louise, sin embargo, no le ayudan cuando se enteran de que está hasta el cuello de deudas. Pagan un salario injusto para todo lo que ella hace, prácticamente se ha instalado en su casa, llega a primera hora y se va tarde por la noche. La odian pero la necesitan, se aprovechan de su debilidad y sus carencias,  una esclavitud al fin y al cabo, pero aunque lo saben, prefieren pensar que cada uno está cumpliendo un papel en la vida.

Louise es como una muñequita de porcelana, sus formas son aniñadas y hay en ella algo antinatural. Las uñas pintadas, el maquillaje excesivo, la ropa de otra época… es como un maniquí desnaturalizado. En los testimonios sobre ella que se darán más tarde, tras el intento de asesinato, no hay ni un atisbo de cariño, solo por parte de Wafa, su compañera de parque, también niñera, un guiño de la autora quizá, un llamamiento al grupo, al calor humano entre los extranjeros.

Con cuentagotas la autora va desvelando gestos que van dejando mal cuerpo, por lo menos a una servidora, un juego de escondite rozando la crueldad, un esqueleto de pollo lavado, un abrazo asfixiante a Mila, la mayor, el blanco más expuesto a sus pequeñas crueldades.

La atmósfera del libro es opresiva, la autora te encamina por trazados de la geografía humana poco aireados, rincones  del ego donde siempre da la sombra, donde se acumulan prejuicios, contradicciones y todos esos aspectos tan humanos que intentamos esconder. En un mundo tan expuesto a las redes sociales donde mostramos solo lo bonito de nuestra vida, este libro se esfuerza en hacer hincapié en lo contrario, en nuestras miserias, en que todos tenemos algo oxidado y que nuestro ego, tan bien construido en el cv y en nuestro timeline, también tiene aristas, flecos y a veces, abismos.

«Pero la suerte estaba echada, no podía lamentarse. Sus hijos estaban ahí queridos, adorados. No se arrepentía de haberlos tenido, pero la duda se había insinuado por todos los lados. Los niños, su olor, su deseo de él. Le emocionaban hasta un extremo que no podía describir. A veces quería ser pequeño como ellos, ponerse a su altura, fundirse en la infancia. Algo había muerto y no era solo la juventud y la despreocupación. Ya no era inútil. Lo necesitaban y tendría que vivir con ello. Al convertirse en padre, adquirió unos principios y unas certezas, algo que se había propuesto a sí mismo no tener nunca. Su generosidad se volvió relativa. Sus pasiones se templaron. Su universo había encogido».

 

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